Puede que no sea prudente escribir ahora sobre el talento de Mikel Barceló, ante la tormenta que cae del cielo de su cúpula de estalactitas en las instituciones comunitarias europeas.
No entro en la batalla crematística de su coste, aunque sólo les recuerdo que a Miguel Angel –es un poné- le hicieron multimillonario los encargos de los papas romanos, y encima, el muy tacaño, se quejaba.
En fin, que el mercado artístico está disparado y parece que en él no hay crisis. De hecho, hasta los chorizos más chorizos de Marbella o de Córdoba distraen el dinero esquilmado en obras de arte. Como si ese noble refugio lavara sus pezuñas sucias de cemento negro.
A lo que vamos, que Mikel Barceló, el pintor español de tan sólo 50 años, es ya considerado por el mundo entero como un verdadero genio de la moderna creación. Un tipo sencillo que fue reconocido y apadrinado incluso por la Iglesia oficial cuando le hizo el encargo del mural cerámico en el interior de la Catedral de Mallorca.
Todo esto viene al pelo de la memoria para recordarles a todos los que nos lean a 400 kilómetros a la redonda de la capital de la Costa del Sol (es una distancia prudencial para hacerla en coche o en AVE), que no pueden dejar de disfrutar de la excelente exposición que se presenta en el Centro de Arte Contemporáneo de Málaga. En sus salas se recoge parte de sus producciones africanas, donde reside gran parte de su vida, trasmisoras de colorido, de movimiento y de magia.
El gerente del CAC, Fernando Francés, merece un reconocimiento especial por el esfuerzo que realiza en mantener al museo en el primer nivel de oferta artística no sólo nacional, sino internacional.
Y sin ninguna ayuda de la principal caja de ahorros andaluza, Unicaja. Sino todo lo contrario. Que tiene mérito. Pero mérito.
No entro en la batalla crematística de su coste, aunque sólo les recuerdo que a Miguel Angel –es un poné- le hicieron multimillonario los encargos de los papas romanos, y encima, el muy tacaño, se quejaba.
En fin, que el mercado artístico está disparado y parece que en él no hay crisis. De hecho, hasta los chorizos más chorizos de Marbella o de Córdoba distraen el dinero esquilmado en obras de arte. Como si ese noble refugio lavara sus pezuñas sucias de cemento negro.
A lo que vamos, que Mikel Barceló, el pintor español de tan sólo 50 años, es ya considerado por el mundo entero como un verdadero genio de la moderna creación. Un tipo sencillo que fue reconocido y apadrinado incluso por la Iglesia oficial cuando le hizo el encargo del mural cerámico en el interior de la Catedral de Mallorca.
Todo esto viene al pelo de la memoria para recordarles a todos los que nos lean a 400 kilómetros a la redonda de la capital de la Costa del Sol (es una distancia prudencial para hacerla en coche o en AVE), que no pueden dejar de disfrutar de la excelente exposición que se presenta en el Centro de Arte Contemporáneo de Málaga. En sus salas se recoge parte de sus producciones africanas, donde reside gran parte de su vida, trasmisoras de colorido, de movimiento y de magia.
El gerente del CAC, Fernando Francés, merece un reconocimiento especial por el esfuerzo que realiza en mantener al museo en el primer nivel de oferta artística no sólo nacional, sino internacional.
Y sin ninguna ayuda de la principal caja de ahorros andaluza, Unicaja. Sino todo lo contrario. Que tiene mérito. Pero mérito.
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