lunes, 17 de noviembre de 2008

LAS Y LOS INFIELES

Hasta hace tan sólo unos años se entendía por “infieles” a los que no profesaban (qué fea palabra) una determinada religión. Ahora no.

Sólo los muy progresistas islamistas -los mismos que lanzan ácido a la cara de las niñas que quieren estudiar en Afganistán- mantienen el concepto clásico de infidelidad religiosa. Esa es la razón por la que no sienten pudor alguno en matar de golpe a más de 2.000 “infieles” inocentes en las Torres Gemelas. O en seguir expresando sus democráticas opiniones a través del lenguaje de los atentados suicidas.

En el pervertido Occidente entendemos por infidelidad otra cosa más simple y menos definitiva: poner los cuernos a nuestras parejas. Y lo cierto es que todas las encuestas realizadas al respecto demuestran que cada vez somos más infieles. Vamos, que van a tener que ampliarse las puertas para que podamos pasar por debajo sin golpearnos la cornamenta.

¿Quién de nosotros puede decir que no es un cornudo o una cornuda? ¿Quién pondría la mano en el fuego? Y es que casi no se escuchan los chistes de “cabrones”, por si acaso. Antes eran muy recurrentes, como los de mariquitas y gangosos. Pero ahora no.

En una reunión a partir de dos personas (incluso de una sola), es poco probable que haya un gangoso (la ciencia otorrina ha avanzado mucho), es posible que haya algún gay. Pero lo que si es seguro es que hay algún alce bien provisto.

Además ahora, ante la crisis, algunos los llevan o los llevamos con más dignidad, como los dientes, que sólo duelen al salir. No podemos ni siquiera separarnos ni recurrir a esa frase tan tradicional de “me voy a casa de mi madre”. Porque puede pasar que hasta tu madre esté con el novio y no te deje entrar.

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