Ya están los mismos de siempre dando el raca raca contra la eutanasia y todo porque el asunto ha vuelto a la pantalla televisiva y no sólo a las primeras paginas de los periódicos de todo el mundo.
La pasada semana un enfermo británico llamado Graig Ewert murió delante de las cámaras a la edad de 59 años de edad tras sufrir una penosa enfermedad neurológica que le mantenía paralizado desde hacía mucho tiempo.
Pero al igual que nuestro protagonista asturiano de “Mar Adentro” no se trataba de una eutanasia, sino de un simple y puro suicidio. Le ayudaron a terminar con su vida porque el solo no podía hacerlo. Pero no le mataron, se mató el mismo.
Hay quien ha hablado de una “muerte digna”. Falso. Graig Ewert no quería una muerte digna –como muy bien dice Enric González en una oportuna columna en El País-, sino una vida digna. La muerte rechaza los calificativos. Como Ewert no podía vivir dignamente, eligió morir. Así de sencillo. Así de duro. Así de claro.
¿Y la televisión? Debía difundir esas imágenes. Yo les confieso que quité la vista de la pantalla cuando echaron algunas en los telediarios. No soportaba la idea. Me daba cierto pudor. Una sensación de cómo si estuviera violando la sagrada intimidad de un ser humano que se despedía de la vida rodeado del cariño de sus seres queridos. De hecho, las últimas palabras que escuchó fueron las muestras de amor de su esposa.
Eso sí, desde luego no condeno al programa de la televisión inglesa que afrontó con valentía el tema. Un hecho que no es otro que nuestro derecho irrenunciable a bajarnos del autobús cuando consideremos que hemos llegado a nuestra última parada. Parada que sólo nosotros debemos determinar. Ni un supuesto Dios, ni mucho menos los curas. Nosotros en nuestra condición de seres libres.
La pasada semana un enfermo británico llamado Graig Ewert murió delante de las cámaras a la edad de 59 años de edad tras sufrir una penosa enfermedad neurológica que le mantenía paralizado desde hacía mucho tiempo.
Pero al igual que nuestro protagonista asturiano de “Mar Adentro” no se trataba de una eutanasia, sino de un simple y puro suicidio. Le ayudaron a terminar con su vida porque el solo no podía hacerlo. Pero no le mataron, se mató el mismo.
Hay quien ha hablado de una “muerte digna”. Falso. Graig Ewert no quería una muerte digna –como muy bien dice Enric González en una oportuna columna en El País-, sino una vida digna. La muerte rechaza los calificativos. Como Ewert no podía vivir dignamente, eligió morir. Así de sencillo. Así de duro. Así de claro.
¿Y la televisión? Debía difundir esas imágenes. Yo les confieso que quité la vista de la pantalla cuando echaron algunas en los telediarios. No soportaba la idea. Me daba cierto pudor. Una sensación de cómo si estuviera violando la sagrada intimidad de un ser humano que se despedía de la vida rodeado del cariño de sus seres queridos. De hecho, las últimas palabras que escuchó fueron las muestras de amor de su esposa.
Eso sí, desde luego no condeno al programa de la televisión inglesa que afrontó con valentía el tema. Un hecho que no es otro que nuestro derecho irrenunciable a bajarnos del autobús cuando consideremos que hemos llegado a nuestra última parada. Parada que sólo nosotros debemos determinar. Ni un supuesto Dios, ni mucho menos los curas. Nosotros en nuestra condición de seres libres.
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